Introducción II.
El hombre se caracteriza por la ausencia de criterios
determinados para su realización, es dialéctico y procesual, practica grados de
libertad abierto a las influencias de la vida, en cuanto que se configura en un
dinamismo vital de crecimiento, por eso no podemos pretender atajar los
desajustes psíquicos y los problemas mentales porque son dinámicos y no se solucionan
con intervenciones mecánicas. Si bien, lógicamente el ejercicio mental y su
rehabilitación nos implican a todos.
Es compresible admitir entonces el posicionamiento de Luis
Cencillo aceptando que “Absolutamente todo flota en una indeterminación y la
ambivalencia radicales del desfondamiento humano. Por eso la historia
evoluciona y el mundo se va transformando indefinida e imprevisiblemente”
(Cencillo, 1978: 596). La base humana, al ser especialmente desfondada, obliga
a la especie y a sus ejemplares a existir en un equilibrio inestable en
continuo proceso de adaptación y de transformación del medio interno y externo (Sedano
F., y Ortiz, V., 1992:51; Ortiz, V., 1992:45; Ortiz, V. (2011:124).
El hombre es autoplástico, en cuanto que se hace en y por su
historia. El hacerse consiste en canalizar impulsos vitales y cuando esto no es
posible no sirve sólo con analizar energías intentando aclararlas, sino que es
necesario conjugar diferentes procesos y situaciones para movilizar la
estructura psíquica y conseguir un cambio positivo, que influirá análoga y
perentoriamente en la estructura social. Por eso, el cambio debe continuar en
uno mismo y en el caso de necesitar ayuda, la que sea adecuada para cada
demanda particular.
Precisamente Luis Cencillo denomina a su método Dialysis hologénica que significa, disolución
generada por la totalidad de los elementos intervinientes “disolución del mundo conflictivo o de las barreras “a través” de las
estructuras de la personalidad “a través” del proceso o “a través” de las
sesiones y de la comunicación” (Cencillo, L., 1988:83), cuya disolución será
más transformadora, utilizando los componentes integrados de cara a la curación
y al ajuste de la personalidad desfondada.
Así es importante ofrecer de partida una atención integrada a
todos los componentes que intervienen en el proceso psíquico y a su desajuste involuntario, y que no se caractericen
solamente por el análisis de rasgos externos, escenas míticas, o síntomas alarmantes que plantee el individuo
habitualmente, de forma inconsciente, para intentar un camino llamativo en el control social.
El autor considera el proceso psicoterapéutico formalizado
por un conjunto de factores a considerar, que influyen radicalmente en el
sujeto de la cultura, desde su aportación antropológica, con la intención de dar
una visión sistemática y de rigor a la psicoterapia y el psicoanálisis:
“Factor T: La totalidad de la especie, la interacción social, y la
totalidad dialéctica de la persona como unidad dinámica compleja.
Factor
A: Los aprendizajes, símbolos y significados, la propia “realidad” individual y
los hechos que la conciernen han de ser continuamente reasumidos para que cuaje
la auto imagen (racial, cultural, social, y personal) del agente de toda
praxis.
Factor
S: La especie humana genera y vive a base de símbolos, pero éstos se hallan
esencialmente asociados a sus impulsos, sus tendencias, sus deseos, sus
fantasías primarias, su emotividad, racionalidad y vida mental.
Factor
P: El mundo real humano no consiste en un conjunto de presencias estáticas,
sino de procesos evolutivos y productivos de estados, de instrumentos, de
bienes, sistemas y mutaciones de lo producido, es decir se halla constituido
por la praxis”
(Cencillo, 1988:12).
No obstante, si tuviéramos que destacar dos referencias
radicales por excelencia en la comunicación humana terapéutica, no podríamos
dejar de señalar los dos pilares de la interacción transferencial, que implica
al paciente y su resonar en el transfer del terapeuta. Al final la
psicoterapia, si es algo, es una cura de amor reglada en el significante, y se encuadra
en la productividad de la vida inconsciente, para emerger y canalizar las
energías más positivas del hombre de cara a su crecimiento psíquico y
existencial.
De crecer se trata, de ajustar, de sanar, ese es el fin de
la psicoterapia, una suerte y una oportunidad también educativa, que concita el
trauma, la sorpresa de lo inesperado y en ocasiones, el maltrato afectivo, en
una experiencia educativa anterior, que la mirada psicoanalítica puede ayudar a
sanar.
Que el paciente transfiere es necesario, y que el terapeuta
atiende a esa circunstancia desde el afecto es lo que llaman
contratransferencia.
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